Pati: el árbol que vuelve a crecer

Hasta hace poco, la comunidad de Patibamba corría el riesgo de perder aquello que dio origen a su nombre. Pati, en quechua, es un árbol endémico del Perú que crece hasta los seis metros y que abunda en la zona. Bamba —término también en quechua— significa pampa o valle. Pero en este valle ubicado en el distrito de San Miguel, provincia de La Mar, a tres horas en auto desde Huamanga, en Ayacucho, la pampa se ha venido poblando de otras plantas. Mientras que en estas tierras empezaban a crecer palta y otros árboles frutales, los árboles de Pati (Eriotheca vargasii) estaban desapareciendo. Entonces empezaron las preguntas. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué había cambiado?

Un equipo integrado por biólogos y ambientalistas de la empresa PERU LNG y del Instituto Smithsoniano, el famoso centro de investigación de Estados Unidos que impulsa y promueve la generación de conocimiento a nivel mundial, trabajó en el lugar y alertó a los pobladores de Patibamba sobre el peligro que corría esta especie.

La comunidad de Patibamba es testigo de cómo el árbol de Pati está volviendo a crecer en su territorio.

“Vimos que el árbol de Pati no estaba germinando en esta zona. Entonces nos preguntamos por qué estaba sucediendo esto, si no hay impacto ambiental tras las obras del gasoducto”, cuenta Carolina Casaretto, gerente de Medio Ambiente de HUNT LNG, compañia operadora del gasoducto de PERU LNG. Esa pregunta llevó a un profundo estudio con el objetivo de conservar esta planta que es tan importante en los servicios ecosistémicos de la comunidad y en el valle, pues controla la erosión de los suelos, evita derrumbes y garantiza la humedad en la tierra.


PERU LNG transporta gas natural desde Chiquintirca, en Ayacucho hasta la Planta de Licuefacción de Gas Natural Melchorita ubicada al sur de Lima. Son 408 kilómetros de recorrido el que hace el gasoducto desde la sierra peruana hasta la costa del océano Pacífico: cruza los Andes y termina en una zona desértica entre las regiones de Lima e Ica. Si uno trazara una línea recta entre un punto y otro, el número de kilómetros sería mucho menor, pero el impacto mayor. Considerando eso, la ruta del ducto de PERU LNG fue diseñada para que pase por las cumbres de las montañas y, así, evitar que atraviese valles y comunidades. Este recorrido lo convierte en el ducto más alto del mundo.

En Patibamba se distingue la ruta debido a los pastos, cuyo relieve en un punto de la montaña es distinto, lo que evidencia la zona en donde está el ducto bajo tierra. Desde el pueblo se aprecia una huella de 25 metros de ancho que sube, hace una curva hasta llegar a la cumbre y continúa. Esa extensión es el Derecho de Vía (DdV), el área de terreno con el que PERU LNG contó para hacer sus obras. Allí colocó su maquinaria, preservó el topsoil —es decir, la primera capa de suelo de la superficie excavada—, e instaló los contenedores de semillas manejados a temperaturas controladas. Una vez terminada la obra, la empresa tenía la obligación de dejar el lugar tal como estaba antes.

En el Derecho de Vía no se permite reforestar con árboles, dado que sus raíces podrían amenazar el funcionamiento del ducto en un futuro. Pero sí con semillas elegidas acorde al ecosistema del lugar. Luego de dos años de trabajo, se concluyeron las obras en 2010 en Patibamba y se inició el proceso de biorestauración para que todo volviera a su estado natural: los pastos empezaron a crecer y el terreno, poco a poco, volvió a estar en el estado en el que lo encontraron.

PERU LNG había hecho bien su labor y no tenía la obligación de emprender un proyecto de recuperación del árbol de Pati. Pero la empresa quiso ir más allá: buscó estrechar lazos con la comunidad y rescatar a esta especie que le da el nombre al pueblo. “Cuando llegamos, el bosque seco de Patibamba tenía certificado de defunción. Entonces vimos que para que Patibamba sea Patibamba tenía que haber Pati”, afirma Pablo Taborga, gerente de Calidad, Salud, Seguridad y Medio Ambiente de HUNT LNG. Y así planearon su recuperación con el apoyo de la comunidad y de las universidades públicas Agraria La Molina, de Lima, y San Cristóbal de Huamanga, de Ayacucho, que empezaron a analizar las semillas.


Cuando era chico, Jhony Espinoza, de 36 años y actual presidente de la comunidad, recuerda que los árboles de Pati eran parte de su vida diaria: estaban en los alrededores del poblado y apenas salía de casa los visibilizaba. Entonces iba y jugaba a subirse en ellos. Estaban, además, en el interior de su hogar, pero bajo otra forma: el fruto de Pati es como el algodón, por lo que era usado para forrar los colchones y las almohadas. Incluso las bolsas que forman sus raíces —donde esta especie almacena el agua de lluvia— eran cortadas y se hacían extractos medicinales. Jhony recuerda que le ponían parte de estas raíces en la frente cuando tenía fiebre.

“Antes había más Pati, pero por limpiar el terreno para cultivar en la chacra es que se sacaron”, confiesa Jhony. Su comunidad está integrada por 178 jefes de familia y, según explica, la nueva generación de comuneros ignoraba este árbol hasta hace unos años. “Ahora se ha sensibilizado y concientizado a la gente, a los niños. El Pati significa mucho para nosotros”, agrega mientras sube la montaña por un sendero, pues solo en las partes más altas del valle se aprecia el bosque seco. Un bosque que nace en la frontera entre Cusco y Apurímac y que llega hasta acá.

El fruto de este árbol se parece al algodón, por lo que antes era usado para forrar los colchones y las almohadas.

Para determinar lo que estaba provocando que el Pati no germine en estas tierras, un equipo liderado por el biólogo Reynaldo Linares-Palomino, del Instituto Smithsoniano, viajó hasta Apurímac siguiendo la ruta del bosque seco. Cuando vieron un árbol de Pati chico, se emocionaron. Luego vieron otro y otro más. El Pati crecía sin problemas en esa zona. Conversando con la comunidad, entendieron el escenario al cual se enfrentaban: hace 30 años cada familia de Patibamba poseía 50 cabras, las cuales pastaban libremente. Eso dañó los suelos y evitó que las semillas prendieran en la tierra.

Entonces con PERU LNG tomaron acciones: decidieron cercar 25 parcelas pobladas por otras especies para que no entrara ningún animal que dañe los pastos. El árbol más joven que encontraron tenía año y medio; el más viejo, superaba los cien años. Hoy tienen listas 1 200 semillas de Pati para sembrarlas en el vivero de la comunidad. Una vez germinadas, serán transplantadas, y así Patibamba no correrá el riesgo de perder la especie que le dio origen a su nombre.


Los 408 kilómetros del gasoducto están demarcados con puntos denominados KP a lo largo de la ruta. En donde se encuentran Édgar Janampa y Reyna Tacas corresponde al KP138: así lo indica un cartel naranja de fierro con el número. Ambos supervisan su estado, dado que se suelen robar las partes del letrero. Hoy aparenta estar recién pintado. Esa es la consigna: conservarlo de esa forma para que sea visible. Esa señalización advierte que debajo de la tierra pasa el ducto transportando el gas natural, y que ahí se encuentra el Derecho de Vía.

Como Édgar y Reyna, en cada comunidad uno o dos miembros son elegidos para supervisar el área por donde pasan los ductos a través del Programa de Monitoreo Socio Ambiental Participativo (PMSAP), conformado por 37 personas para 35 comunidades. Édgar y Reyna son de la comunidad de Occollo, ubicado en el distrito de Vinchos. Ambos fueron capacitados para realizar tres tipos de monitoreo: ambiental, que evalúa el estado de la extensión del DdV y los trabajos de biorestauracion; social, que recoge información sobre las percepciones y expectativas de la población respecto a las actividades de PERU LNG y variaciones en el DdV que pudieran afectar el ducto; y señalización, relacionado con la supervisión del estado de las indicaciones y dispositivos de seguridad en el DdV.

En el KP138, el gasoducto pasa por un bofedal. Entonces no solo se conservó el topsoil sino también el agua, almacenándola en un espacio del DdV. A diferencia de Patibamba, que no llega a los 3 000 metros de altitud, aquí se supera los 4 000 metros. El frío es intenso. Meterse al bofedal es algo impensado, aunque es posible: hoy hay tanta agua que uno podría zambullirse, sin imaginar que esto durante las obras llegó a ser pura tierra.

Carolina Casaretto, gerente de Medio Ambiente de HUNT LNG, visita una escuela de Ayacucho en donde la empresa auspicia el programa Leer es estar adelante, de la fundación BBVA.

“En la época de construcción realizábamos monitoreos de agua. Ahora todo lo que hacemos es visual”, cuenta Édgar, quien trabaja en el cargo de monitor del PMSAP desde el año 2008. Junto a él se encuentran los dos supervisores de la ONG Pro Naturaleza, Rubén Cárdenas y Yenny Gozme. Una alerta de los monitores puede evitar graves daños. Como cuando en el KP58 les informaron a los supervisores que se estaba abriendo una trocha que ponía en peligro el ducto. Entonces se emitió un reporte urgente y se detuvo esa obra que no contaba con autorización.

Hacer parte del proyecto a la comunidad resulta clave: son ellos los mejores guardianes de su territorio. Y así como lo quieren, luchan por su conservación. “Me gusta vivir aquí por el ambiente, por los animales”, dice Reyna. Delante de ella las aves vuelan, los patos silvestres nadan en el bofedal. Todo lo que ellos ven en su jornada, que realizan durante ocho días al mes, es reportado a su comunidad y luego es registrado en un formulario, que es enviado a la empresa. “Les informamos que poco a poco se ha ido regenerando la cobertura de vegetación. Algunos comprenden; otros reclaman y dicen hasta cuándo estará de esa forma”, cuenta Édgar.

Durante las obras llegó a haber 80 monitores. Los requisitos indispensables para formar parte del equipo eran que las personas tuvieran secundaria completa, que hablaran un español fluido, que no sean autoridades y que se eligieran tanto hombres como mujeres. Pero en general toda la comunidad participó, tanto en la construcción como en la biorestauración, preparando compost y sembrando las nuevas semillas en la época de lluvia. Para conseguir buenos resultados, la empresa desarrolló varias técnicas de acuerdo al ecosistema, a la forma del terreno, etc. Y así, consiguieron obtener vegetación de nuevo.

Los esfuerzos desplegados por PERU LNG en esta zona de Ayacucho han generado hallazgos valiosos y muy buenos resultados.

Justamente eso es lo que observan Édgar y Reyna, quienes comparan el estado del DdV con todo el terreno por donde caminan para evaluar el avance de la biorestauración. Ambos forman una buena dupla: se mezcla la experiencia con las ganas. “Me gusta servir a la comunidad, dar apoyo, estar informado y conocer lugares. Eso me satisface”, afirma Édgar, y Reyna asiente con la mirada.


Mientras los monitores realizan su trabajo visual, los biólogos de PERU LNG y del Instituto Smithsoniano se dedican a identificar especies y vegetación; a comparar, por ejemplo, bofedales con los llamados puntos de control, que son humedales (24) cuyo hábitat no tuvo ningún impacto. Es información valiosa que se difundirá en publicaciones y, sobre todo, al estudiar la biodiversidad, se reforzará la conservación y la sostenibilidad del lugar. “El Estado no les exige que hagan estos análisis. No hay Estudio de Impacto Ambiental que se los demande, pero lo hacen y tienen buenos resultados”, dice el biólogo Reynaldo Linares-Palomino.

Uno de esos resultados fue el hallazgo, por parte de Alessandro Catenazzi, de una nueva especie de rana acuática andina, descubierta a 3 900 metros sobre el nivel del mar en un afluente del río Pisco, a pocos kilómetros de Huaytará, Huancavelica. La llamaron Telmatobius ventriflavum, que viene del latín ventrum (vientre), y flavus (amarillo), por su coloración amarilla y naranja en esa zona del cuerpo.

Que las especies circulen por la zona de DdV es una buena señal: significa que la restauración ha sido buena, que el hábitat no tuvo impactos negativos. Por eso la alegría de encontrar lagartijas en la zona por parte de los biólogos. Pero el entusiasmo que sienten los biólogos no es solo por esta gran labor de conservación, sino también por los aportes que se le pueden dar a la ciencia: conforme sigan apareciendo nuevas especies, se contribuirá a escribir nuevas páginas sobre la riqueza de nuestra biodiversidad. ■


Crónica escrita por Gonzalo Galarza, con fotografías de Enrique Cúneo. Fue publicada por la iniciativa Biodiversidad y Empresa, del MINAM, en diciembre del 2015

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Redaccion Apacheta

4 comentarios

  1. Este es un relato muy alentador en estos tiempos donde la deforestación se ha convertido en un monstruo que pisa fuerte,y que cada vez amenaza más en distintos espacios de nuestro planeta ;y de manera especial en aquellos donde las leyes son débiles o se convierten en letra muerta.
    Patibamba no solo es un pulmón para nuestro Perú; sino también la muestra de que cuando se da la reflexión adecuada y oportuna sobre diversos daños ecológicos, estos no solo se corrigen, sino también se convierten en grandes enseñanzas, para las generaciones futuras, cuando estos son difundidos como lo vienen realizando en este espacio.
    Mis más sinceras felicitaciones, no imaginan cuánto me deleito y aprendo con sus narraciones.

    • Muchas gracias por tu reflexión. Para nosotros es muy importante saber que las historias que publicamos están motivando respuestas y acciones por parte de la ciudadanía.

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