Un campesino en el Edén

La escarpada ladera de San Antonio esconde una chacra pequeña pero que produce de todo. No es un milagro, sino la consecuencia del meticuloso trabajo de Eugenio Paúcar. Son 450 metros cuadrados bien aprovechados donde ningún producto crece al azar. La pendiente erosionada por las lluvias dejó de serlo para transformarse en un huerto perfecto.

La recuperación de andenes ha ayudado a la sujeción y drenaje adecuados en la zona.

El cambio no se debe al uso de sofisticadas tecnologías sino al rescate de conocimientos tradicionales casi olvidados. Eugenio, con la ayuda del proyecto “Promoviendo el Manejo Sostenible de la Tierra en Apurímac”, ha vuelto a sembrar los antiguos andenes con productos agroecológicos; y los resultados son evidentes. Para empezar, Eugenio hace rotar los cultivos.

Primero siembra alfalfa para fijar el hidrógeno en la tierra; luego hace lo propio con la papa, para removerla; y finalmente cebolla, porque necesita que el terreno tenga una buena preparación. En la escuela de promotores impulsada por el MST el campesino también ha aprendido que el “falaris” –pasto para animales– da sostenibilidad a la terraza e impide que ingresen las plagas de “kikuyo”. En otra parte cultiva de forma asociada lechuga, acelga, alcachofa y zanahoria; y el cerco vivo es de granadillas nativas y cactus, que mitigan la desertificación.

Eugenio corta y quema plantas ‘enfermas’ de appote y entierra sus cenizas en un hueco profundo para que no germinen.

Eugenio también ha recuperado el uso de algunas plantas –muña, eucalipto y molle– que, al actuar como repelente, impiden que los insectos se acerquen al almacén y le malogren los productos.

Combate las plagas con biocidas que prepara en casa: mezcla maguey con resina hasta obtener un líquido que repele las pulgas y los piojos. Los pulgones son expulsados de su edén a base de rocoto, que le quema la piel, y agua de tarwi.

Ya no utiliza el guano de cuy para abonar la alfalfa y así evita que la planta se contamine con un parásito que también ataca el intestino de los roedores.
Ahora, para fertilizar la tierra hace su propio compost de lombriz.

Eugenio Paúcar ahora hace su propio compost de lombriz para fertilizar sus tierras.

También ha dejado de alimentar a sus vacas con mazorcas con appote –la enfermedad del carbón del choclo– para evitar que el hongo se reproduzca y se expanda por los cultivos a través de su excreta. Ahora corta y quema las plantas afectadas y entierra la ceniza en un hueco profundo para que no germinen.


El campesino trepa por un sendero porque quiere mostrarnos las dos pozas donde suele preparar su abono orgánico. “En ésta hago el compost, a base de rastrojo, guano de vaca y cuy y dos o tres puñados de lombrices. Cada cierto tiempo lo humedezco y aireo para que no se compacte. Cuando comienzan a reproducirse las lombrices las paso al segundo hoyo, con abono más fresco. Estará listo en 12 meses”. El producto es un éxito porque antes su chacra producía entre tres y cinco cargas de maíz y ahora sobrepasa las 10.

La nueva cocina de Eusebia Chicha es menos nociva para el medio ambiente y las personas. 

Eugenio está muy satisfecho porque ha observado que los pinos que plantó como cortavientos también están creciendo sanos. Hará todo lo que esté en sus manos para proteger los andenes que antes cuidaron sus antepasados y hoy él.


Crónica escrita por Carolina Martín –con fotografías de Antonio Escalante– que forma parte del libro Yachaykusun. Fue publicada por el MINAM en marzo del 2013.

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